JUANITO (cuento de Cimodocea Hernández Pacheco)




En 1892 Cimodocea Hernández Pacheco publica en el periódico La Opinión. Diario de Salamanca el cuento Juanito.

Juanito es la historia de un fantasioso terminal, un “nuevo rebelde”, un niño eterno... Juan es un loco.

Desde el comienzo, la autora crea paralelismos entre su protagonista y el loco más célebre de la literatura española.

Si a don Alonso Quijano “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro”, a Juan le sucede algo muy similar:
tanto tamizó lo leído y discurrido, que acabó por desorientarse y dar palos de ciego sobre lo que no fuera matemático y demostrable. De tal suerte tenía la chota de revuelta y desconcertada.
El Caballero de la triste figura ama a una idealización de Aldonza Lorenzo. El feúcho Juan tampoco puede evitar idealizar a la mujer:
O la mujer era ángel, es decir, aquello más puro e inocente que concebimos, o no era para él nada.
La Dulcinea de Juan se llama Lucía. La “adorada de su alma”. A la que describe, ni más ni menos (y por aterrador que suene), como “absorción de su ser”...

Lo trágico de Dulcinea no es que sea una mujer inventada, sino que suprime la existencia de la mujer verdadera a la que se idealiza en su nombre. A don Quijote nunca le importó nada Aldonza Lorenzo ni sus sufrimientos ni sus apuros. Lo único que interesa a don Alonso Quijano es engrandecer con hazañas su triste figura, mirarse en los ojos de la sin par Dulcinea, y verse entre sus brillos como un caballero invencible y grande. Aldonza Lorenzo y las angustias que sufriera, la pobre, de puro prescindibles ni existen para don Quijote...

También Juan busca engrandecerse. El nuevo rebelde, el niño eterno lleva algo oscuro por dentro. Un “satánico orgullo” dice la autora, un “afán de engrandecerse”, que termina convirtiendo en objetos a su servicio a los que le rodean: sus padres y su novia Lucía. Porque a Juan, como a don Quijote, tampoco le importa nada su “amada” ni lo que ella quiera o sienta.

Las zozobras de los padres de Juan al verle tan perdido en sus mundos fantásticos tampoco preocupan lo más mínimo al protagonista de la historia. Lo mismo que don Quijote. Que en su locura, tampoco se preocupa nada de cuánto puedan inquietar sus andanzas caballerescas a su sobrina, ni si ella podría necesitar de su ayuda en casa mientras él anda por ahí desfaciendo entuertos ajenos... La locura es muy egoísta. ¿O a lo mejor es el egoísmo el que nos ayuda a desembocar en la demencia?...

El personaje femenino que compone la escritora tampoco es blanco. La bella Lucía ni mucho menos es toda brillos admirables. También ella decide convertir a Juan en objeto a su servicio.

El cuento es una absoluta y tajante desmitificación del amor. La escritora muestra la facilidad casi resbalosa con que el amor se contamina de intereses particulares...

La relación de Lucía y Juan es utilitaria. Lucía quiere usar el dinero de Juan para garantizar su futuro, y Juan quiere usar el físico de Lucía para encarnar a su ideal de mujer. Ambos inician una relación que entre la ofuscación, el deslumbramiento por el logro inminente de sus objetivos, creen “más o menos verdadera”, espoleados por ese futuro que acarician en el que “sin horas ni medidas, verían como un sueño resbalar la vida”…  Pero ni a Lucía le importa Juan ni a Juan Lucía.

Son muchas las ocasiones en que las andaduras fantasiosas de don Quijote desembocan en un cruel baño de realidad en forma de somanta de palos. También de estos desenlaces dolorosos participará el protagonista del cuento.

Juanito se compone de seis entregas publicadas en el mes de noviembre de 1892. La primera de ellas se ha perdido. Se deduce, por algunas alusiones a lo largo del cuento, que en esa entrega desaparecida Juan da rienda suelta a elucubraciones que explicarían, hasta cierto punto, el origen de su locura. También se apunta a la existencia en ese fragmento de ciertos razonamientos sobre la fe religiosa, que sin duda serían interesantes por la postura crítica ante la iglesia católica que mantenía sin complejos la escritora.

De hecho, en el cuento subyace una crítica a comportamientos devotos grandilocuentes, actuaciones fervorosas que parecen originarse en la humildad de un impulso religioso pero obedecen mucho más a un humanísimo y nada celestial montón de ego…

Los párrafos finales del cuento son un cuento dentro del cuento. Una crítica a las habladurías, las calumnias. Pero sobre todo, son una crítica a esa aceptación general en otras épocas del papel de la mujer como depositaria del honor masculino, como víctima propiciatoria, como instrumento para salvar la honra de un hombre. Una crítica, en fin, a la instrumentalización de la mujer.

El cuento Juanito es una historia sobre la incapacidad de adaptarse a un mundo hostil, sobre las relaciones entre el egoísmo y la locura, entre el amor y el interés. Una historia que, con sus más de cien años encima, sigue siendo actual. El mundo sigue siendo igual de hostil que en los tiempos de Cimodocea. y en él siguen viviendo muchos Juanitos y Juanitas y muchas Lucías y también Lucíos...
 
 

JUANITO

 Cimodocea Hernández Pacheco



[Falta la primera entrega]

(CONTINUACIÓN)

Se infiere por estos y otros discursos de Juan, que no era tímido para razonar, so capa, que entonces subía y ahondaba más de lo justo. Estas disquisiciones y sutilezas, provenían de aquella su empecatada tolerancia y no de acendrada fe en los orígenes bíblicos de la humanidad; y así se metía de patitas en la moderna teoría de la locura al por mayor, no tanto porque la concediera absoluto asentimiento, cuanto porque con todo ello disculpaba tranquilamente los yerros ajenos; y a este tenor y a mil otros, tanta vuelta dio, y tanto tamizó lo leído y discurrido, que acabó por desorientarse y dar palos de ciego sobre lo que no fuera matemático y demostrable. De tal suerte tenía la chota de revuelta y desconcertada.

Por dicha, Juan tenía padres; quiero decir que vivían, y además querían con toda el alma a su único hijo Juanito, el cual aceptaba tan gran cariño sin activa correspondencia, obedeciendo a su carácter pasivo y falto de expresiones y actos vehementes. En rigor, hubiera sido injusto usar violencias con Juan, exigiéndole afecto más caluroso; no era poco la intachable conducta que observaba, bastante a holgar y complacer aun a los más meticulosos y descontentadizos.

Disfrutaban sus padres fortuna no escasa, sin ser cuantiosa, que fechaba de luengo origen comercial, siendo también de idéntico abolengo aquel espíritu práctico que se extendió de generación en generación, cual neurítica y hereditaria dolencia de fibras intelectuales, viniendo a extinguirse en Juanito, pues ni con un leve desecho del tal espíritu bursátil fue agraciado éste, por bien o mal suyo. Conociéronlo luego al punto los padres, lamentándolo cual merecía, si bien conceptuaron a su hijo muy superior a ellos en otras mas alambicadas cualidades, y en otros talentos más finos y sobresalientes.

Ciertamente que Juan era con mucho superior a sus antecesores, aunque en absoluto careciese de la aptitud natural y el conocimiento necesario para medrar en cualquier modus vivendi que eligiera. Brotó Juanito de entre los suyos como planta original; nació fantaseatico sea por de primera; creció y vivió hasta el fin alejado de toda realidad, andando siempre a vueltas de ensueños y delirios y por ende en desconocimiento perpetuo de cuanto hay de utilitario y explotable en este mundo, lo cual era gran lástima según opinaban deudos y amigos…

No conocían en toda su intensidad estos flacos de Juan, los autores de sus días. Daban estos por bien retribuidas sus paternales larguezas con los regalos que el estudioso hijo traía cada año, sin interrupción, en forma de certificados Universitarios, en los que constaba, sin interrupción también, notas de sobresaliente o poco menos, y anhelando el momento de ver abogado al muchacho, alentaban esperanzas fundadas de porvenir halagüeño y fructuoso, con el que todo se hallaría altamente compensado.

Más ya sabemos que Juanito vivía en el limbo por propio impulso e idiosincrasia; así es que, luego que fue abogado, decidióse por el statu quo que corresponde siempre a un romántico de tomo y lomo. Aconteció que al abandonar el templo oficial de Minerva, en compañía de la aptitud legal, por la que tenía opción a multitud de cosas honorosas y provechosas si sabia entender el tinglado social y tenía suerte, sucedió, digo, que sin luchas ni vacilaciones, decretó no hacer nada ni moverse en sentido de lucrar con aquel titulo académico de que era poseedor; y hasta se apesaró algún tanto porque tan presto acabara su confuso vivir de estudiante, que lejos de engreírse y crecerse con su suficiencia, le abatió unas miajas, calculando, el incauto, que en adelante se le podía tener en cuenta para mil cosas, en las cuales se le habría reputado antes inhábil.

Grande chasco se llevó, el iluso. Letrado o estudiante, continuó en su vida ignorada, a la cual nadie encontró que se opusiese, ni aún sus padres los que esperando siempre del niño cambios favorables resolvían, en definitiva, deferir a todas las determinaciones de su amada progenitura. De forma que, como estrictamente no necesitaba luchar por la existencia, pensando o no pensando que otro cuidaba de acarrear su pitanza, se dejó ir conforme los sucesos le llevaran, sin intentar poco ni mucho variar de rumbo para su propio provecho.

<<¿Qué es la vida, se decía: soñar, la realidad es muy falsa y traidora. Hasta la fecha, siendo yo un ser pasivo en absoluto, se burlaron de mí, acaso no sin razón. Si ahora intentara formar contingente entre los ambiciosos, qué desengaños y decepciones no me tendrían deparados... ¡Las pocas veces que aventuré una opinión, levanté algazara y la vi despreciar con sonrisas de lástima! ¿qué sería si en lo que de mi dependiera, convirtiera en obras mis ideas? Nunca hablé para llevar el convencimiento al ánimo de nadie; exigencias anteriores me lo demandaban; mi voz, es en esos casos la válvula por donde se escapa la plenitud del pensamiento, que a veces se amotina y rompe la prisión; si yo no conociera su negativa influencia en todo, callaría... callaría; ¡Ah! Yo creo que acierto muchas veces, que me guían sentimientos de justicia... Y por otra parte, me tengo por el ser mas falible de la tierra. ¿Cómo es esto? ¡Oh! Es que me falta el valor en el hecho... <<Estoy lleno de miedos...>>

Y a esta guisa, se despachaba a su gusto, el buen Juanito.

Llegó a los veintitres años, época en que lo exhibo a mis lectores para que se queden con él si les parece risible, le admiren o le compadezcan, pues a todo ello se presta grandemente, conforme el cristal que se le aplique.

Sobreentiéndese, que siendo tan empedernido soñador, tan rara criatura, había de ser enamorado a su modo: ¡Las mujeres...! Ese era su fuerte... especulativo. Como conocer, él no las conocía si no en perspectiva. La mujer era para él una entidad, otro objeto soñado más que verdadero, un ideal, una abstracción. Las mujeres existían bien lo veía él. Conocía de ellas la ropa que visten, la cara... La imaginación suplía la ignorancia del resto. Juanito era virgen de alma y cuerpo. Sus energías íntimas habían llegado a no querer entender qué es eso de contactos materiales, desahogos fisiológicos, en los que el alma, sofocada por la materia, se anula. Juan contrariaba la materia cuando ésta quería imponer sus fueros, y la subyugaba con hercúleas fuerzas de su espíritu. Eran las luchas titánicas, a veces de lo más peregrino los medios, siempre lícitos, que empleaba para conseguir el triunfo. Pero triunfaba; ¡ya lo creo que triunfaba! Y después ¡qué de recreos internos, qué de intensísimas satisfacciones fuera de toda mirada humana! En tales momentos habría semejado su alma a la de aquellos místicos sublimes que ofrecieran a Dios en holocausto el sacrificio del placer, si Juan, en estos carnales desprendimientos, hubiera tomado a Dios como fin.

Pero hay que decir en honor de la verdad, que a pesar de aquel exagerado espiritualismo y aquellos contentos del alma, luego de vencida la resistencia animal, ni antes, ni en los críticos momentos de las crisis, ni después, se acordaba de Dios Juanito, que alentaba entre dudas, como es fácil suponer, por sus ya indicadas incertidumbres sobre trascendentales creencias. Aquellos sacrificios iban únicamente a complacer su conciencia que a tales extremos le impulsaba, sin parar mientes sobre el altísimo fin de de aquella, ni proponerse término positivo alguno para allende la tumba.

No rozó siquiera su mente la idea de lo agradables que pudieran ser a los ojos de Dios aquellos hijos espirituales, ni si valdrían o no para inclinar favorablemente la balanza de su justicia, ni si esa verdadera y gran justicia existiera. Cuando éste nuevo rebelde combatía a brazo partido con su otro que yo llevábale a ello satánico orgullo y no la humildad del asceta, quien demanda de la gracia divina aquello para que el albedrio se considera ineficaz.

Porque ha de entenderse, que la mansedumbre de Juan no regía en el fuero interno; allí se mostraba orgulloso, altivo, arrogante, tenaz, escéptico. Solo a la voluntad daba patente de verdad positiva; ella era para él, la soberana del mundo; quiere y podrás era su lema. ¿Y quién dudara, sentía, que por lo que ataña a nosotros mismos somos omnipotentes?

Ignoraba Juan que sin una ocupación útil, y siendo tan extravagante, tenía que dar en algo, y como en realidad no era un alma vulgar, en vez de dar en el vicio, dio en el extremo opuesto, atestando el espíritu de insaciable apetito, que era antojo realizar; empeños para el creyente asaz, vano e infructuosos no estando cimentados en la fe; no en el sentir de Juan, para quien constituía el summun de la perfección humana.

Por todo lo cual andaba siempre enfermucho, y en ocasiones se le producía un quebrantamiento de huesos, unos insomnios, una desapetencia, que enflaquecía en lamentable manera su cuerpecillo, hundía sus ojos, y amarraba sus músculos en tales términos, que los pies se negaban a sostenerlo. La cuitada madre atendíale entonces con más esmero que nunca, y él, con la pasividad de un dócil niño, admitía los obsequios del maternal amor, con los cuales reaparecía la salud agregando a la sangre jugos nuevos, para volver, con insana reincidencia, a sus ensueños, a sus luchas, a todos sus desvaríos; pero ostentando siempre la palma de la victoria.

Si la mujer, pues, propiamente dicho, no tenía intervención alguna en la vida de Juanito, teníala, y muy directa, en los dominios de su espíritu, no otorgándola de sí, sino aquello más puro y tierno que él encontraba en su alma. Émulo de don Quijote peleaba consigo mismo parte por no ofender la Dulcinea de sus lucubraciones, que era la La Mujer.

La mujer sí, como creación personalísima, como cosa invertida de la realidad a la idealidad, y de haber sido hombre de valor y haber conocido edades caballerescas, la emprediera a cintarazos, como el héroe de Cervantes, con cuantos follones y malandrines ultrajaran su ídolo. O la mujer era ángel, es decir, aquello más puro e inocente que concebimos, o no era para él nada. Lo otro, lo opuesto, considerábalo tan fenómeno como a ciertos monstruos de dos encéfalos o completamente anónimos que suelen conservarse en algunos gabinetes de Historia Natural, los cuales monstruos, servían también de tópico a sus más hondas meditaciones, aunque no tanto como aquellos otros morales, de los que solo retuvo en la memoria nociones somerísimas de referencia, admitidas contra su voluntad, sin más que por no dar que decir o ser motivo de chacota para los maldicientes y libertinos, si mostraba repugnancia al escuchar tan, para él asquerosas demasías.

Y por esto, por la altísima idea que de la mujer formara, y algo así como afán de engrandecerse y hermorsear los interiores mas recónditos del alma, con inusitadas purezas, era para lo que, sin viles transacciones ni componendas, buscaba y lograba la castidad completa ante todo y sobre todo. Amar a la mujer como a ideal purísimo; aherrojar a la bestia humana hasta anularla... Eso, eso era para Juan ocupación digna del hombre. ¡Cuán eminente se consideraba venciendo en legítima lid a su carne miserable! Convengamos, en que nada hay tan clasigcable [SIC] como el orgullo.

Con todo esto o a pesar de ello ¡qué no deseó ser amado a la manera que él entendía el amor! ¡Irrisión semejante! ¡Amarle a él, con torcida figurilla, su prematura calva y tanta imperfección física como por todas partes patentizaba...! Era cierto que no podía inspirar amor aquello que en él valía algo, pensaba con Becquer, ellas, ni aún lo podían sospechar.

Así pudo pasar toda la vida y llegar a viejo y morir en unión de sus inocentes locuras. Las cosas vinieron de otro modo, y ese destino hado o causas anónimas que trae aparejadas ocurrencias imprevistas, arrancaron de su apatía a nuestro héroe, viniendo a alterar su vida pacífica y sosa en apariencia. El acontecimiento más inesperado que podía imaginarse.

Es el caso que fue a habitar por lo pronto el piso superior de la casa de Juanito, un matrimonio errante, en su calidad de empleado de menor cuantía, en unión de un vástago o vástaga de veintidós abriles, retrechera y salada, que no había más que pedir. Los padres de Juanito y Lucía (nombre de la chica) llegaron a ser a poco los más amigos del mundo; y transcurrido algún tiempo de trato continuado, principiaron a acariciar el pensamiento los aprovechados padres de la muchacha, de un himeneo factible para su hija, con el hijo de los vecinos. Lucía secundó en silencio, y sin previo conocimiento, los planes paternos, comenzando a trabajar el asunto por cuenta y riesgo propios. El muchacho, aunque feúcho, era todo un partido, y la hermosura en estos casos, es lo de menos, porque con la hermosura no se come.

Estos razonamientos de Lucía la retratan de cuerpo entero, sin que tenga ya yo que esforzarme, mostrando al lector hasta que extremo llegaba su alcance práctico y positivo.

Conocemos la supina ignorancia de Juanito en achaques cupidescos, tan y como son en realidad, con todo, a la vista de la vecinita, empezó a sentir emociones.

Lo extraordinario no era para Juan que por fin hubiera topado, a la casualidad, con su media naranja; lo que no le cabía en la cabeza, es que por él perdiera la seguridad de sus latidos el corazón de Lucía. Al conocimiento pleno de lo que significaban aquellas repetidas insinuaciones de la vecinita, exclamaba el muy inocente para sus adentros en el colmo del asombro: Pero, ¿será posible que yo?... No puede ser, Lucía amarme, ¡a mí!

Por otra parte, ese instinto de conservación de la propia vanidad, instinto que por muy débil que sea a nadie le falta, le asía a la esperanza del posible. Después de todo, cosas más raras se han visto, pensaba. No hay duda, Lucía me ha conocido, es un ángel, y habrá vislumbrado, con la intuición de su purísima naturaleza, cuanto hay en mí; y cómo no había de hallar quien la idolatrara tanto, ni con tan límpidos pensamientos e intenciones...

Por fin, que un día en que juntos celebraban una fiesta de familia, hubo de ver Juanito con estupenda sorpresa, trocada muy pronto en agradecimiento infinito, que ella, entre circunloquios y perífrasis, y con rubor más o menos verdadero, le declaraba su pasión, convencida, según dijo, de la cortedad de él, pues que de otra suerte se hubieran consumido a miradas, iniciaciones y disimulos, sin que él dijera esta boca es mía, y sin adelantar jamás un paso.

Juan, con este ataque brusco, se aleló por completo, y en adelante ya no vio, ni entendió, ni supo querer nada, si no lo que viera, entendiera o quisiera aquella diosa, aquella mujer superior, que invitada con insistencia por la fuerza del cariño, y conociendo y midiendo con exacto cálculo lo irresoluto de aquella voluntad de varón por lapsus de naturaleza, se arrojaba con denuedo a romper el silencio, en particular tan interesante, para bien y felicidad de ambos.

En nada alteró esta pasión, como es fácil suponer, la parte física de mi héroe, aunque de haber sucedido así ya hubiera él matado en flor deslices semejantes. Si advirtió sobradamente las gracias de su amada; los ojos llenos de luz, la frescura de la tez, la blanquísima dentadura asomando entre labios encendidos, las pronunciadas y voluptuosas curvas del seno, los cabellos naturalmente rizados y abundantes, su estatura gallarda, su pie breve... Todo, todo, se le metió a Juan en el corazón, y aunque parezca inconcebible, si de él no se tratara, acaparó todas estas gracias por modo espiritualísimo, sin que por un momento siquiera, entrara en deseos de posesión tangible, plástica, corporal, en una palabra.

El matrimonio, en el cual pensaba, le haría dueño de Lucía para conservarla incólume y purísima. ¡Y cuánto, cuánto le estimaría y amaría ella entonces...! Del lado acá de los desposorios ¡qué horizontes se le despejaban realizando lo que vislumbró entre calenturientos desvaríos! Ella no se mofaría de él cuando en castísimos coloquios la trasmitiera su pensamiento por entero, ¡oh! Ellos darían existencia a aquel delirio lírico, levantando al amor un trono digno de él, y en tiempo sin horas ni medidas, verían como un sueño resbalar la vida

Y llegó el fin trágico, que dijo Víctor Hugo. La boda fue rumbosa y sonada. Los convidados acudieron al llamamiento y hubo jolgorio para rato. Nunca Juan estuvo más feo. Con chistera y levita estaba ridículo hasta causar compasión... Cualquiera le creería más renegado y encogido que de ordinario; y era notable la mueca de llanto que su rostro reflejaba. En el momento en que el sacerdote los bendijo, sintió un nudo en la garganta, un vértigo, que a punto estuvo de dar con él en tierra.

La novia en cambio, con traje negro de gran cola, mantilla de encaje y la flor de rúbrica en estos casos prendida en el pecho, ostentábase más guapa y hechicera que nunca, y tan serena y dueña de sí, como si el casarse fuera la cosa más natural del mundo.

Ya en casa y en pleno festín, algunos se permitieron bromitas picantes y de mal gusto, que Juan aguantó con paciencia de un santo. Llegó el momento que los convidados dijeron la de vámonos, y entre sonrisas maliciosas, miradas picarescas y reticencias expresivas, fueron desfilando poquito a poquito hasta dejar solos a los de casa.

Y aquí de las congojas de Juanito cuando se halló a solas con aquella adorada de su alma, con aquella absorción de su ser, a temblar pegándose a la pared atontecida. Lucía le miraba recelosa haciéndose la distraída; pero comprendiendo sin duda, que la iniciativa de Juan, como esposo, era tan nula como fue la de galán enamorado, no aguanto ella más silencio, y con sonrisa indefinible y efusión amorosa se acercó a él y le tendió ambas manos. Juan, no tocó las manos; y únicamente acertó a romper el silencio para exclamar.

–Lucía, Lucía de mi alma... yo... yo te adoro. No temas, no, ahora me voy, duerme en tu lecho virginal, como siempre. Mañana... ya te diré cuanto hay en mi alma... y serás siempre pura ¡ah sí! Purísima, no temas, no.

Lucía, a ese exabrupto quedó petrificada; solo tuvo voz para articular.

–Juán, ¿qué dices?
–¡Ah! Ya lo sé, contestó Juanito todo trémulo,, aturdidísimo, y en deseos ardientes de escapar cuanto antes, para lo cual daba pasos hacia atrás. – Ya lo sé, tu temías que yo... No... no... me voy... Adiós. Hasta mañana.

Repusose Lucía en uno dos por tres, antes de que Juan traspusiera la puerta; e indignada de veras ante la enormidad del desaire recibido de aquel no imaginado esposo, irguióse airada yéndose hacia él veloz, y con varonil empaque y coraje que no es para dicho, principió una de cachetes y bofetadas sobre la cara y el cuerpo del infortunado novio, que si a tanta algarabía no acuden los padres de ambos, acaba Juanito en el otro mundo la noche de boda, sin que en éste le hubiera alcanzado ni el Santo Óleo.

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Grandemente se comentó en la población el disturbio ocurrido entre los novísimos cónyuges Juanito y Lucía, la misma noche de los desposorios, pues todo se refirió a gusto de la gente menuda de la casa. La ruptura de los esposos, acaecida el día de la tornaboda, acordóla, según de coro se aseguraba, decisión inquebrantable del marido, ante la que fracasó todo ruego o súplica de los demás interesados, procurando avenencia de buen vivir y mejor ver.

Todo fue inútil, como sí se juraba y perjuraba, quedando en resolución, como voz general, admitida sin más rectificaciones, que aquel tan inesperado y súbito rompimiento, era producto de pasadas y no previstas liviandades de la novicia, patentes para Juan en lógica sazón. Con las cuales liviandades no pudo ni quiso transigir el puntilloso honor de aquel quinticenciado [SIC] y sin par Juanito, convertido de golpe y porrazo en caballero perfecto y cumplido de remotas edades, o de otras venideras aún más romancescas y peregrinas.

Cimodocea Hernández Pacheco
Fotografía de portada Hotblack (morguefile.com)

Biografía de la escritora:
Cimodocea Hernández Pacheco, la escritora salmantina que quiso cambiar el mundo

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